Un treinta y uno de agosto de 1982, apenas contando con doce años, ingerí mi primer buche de alcohol; era una tarde gris oscuro, lluviosa a cántaros.
Mi padre fue quien me lo ofreció, así, directo de la botella de brandy “Presidente”. Habíamos hecho una especie de expedición subiendo un cerro que la gente denominaba “Las Torres”. Una caravana incontable de almas mojadas nos encaminábamos hacia un claro en la espesura del bosque que se conoce como “Agua de Cadena”, veníamos de adorar al señor de Chalma en uno de los santuarios más folklóricos que he pisado.
Armados con mantas, lonas, plásticos, sombreros y utensilios varios, recuerdo fugazmente la enorme caminata. Pies y calcetines mojados, zapatos rotos, frío estremecedor de ese que cala los huesos (literal), el agua escurriendo deliciosamente por nuestros rostros, músculos contraídos negándose a dar un paso más, estómagos retorciéndose de hambre, caballerangos pasando a nuestro lado henchidos de soberbia cubriéndose con enormes mangas que alcanzaban a tapar a los nobles animales y, cargando nuestra tristeza a cuestas, habríamos de llegar al destino mencionado: la cima del cerro. El trayecto seguiría en empinada.
La espera de los rezagados, antes de continuar, fue eterna. La lluvia y el frío inclemente no cesaban, así que, por decisión unánime, hubo que descorchar el pomo. Mis primos Chencho y El Botas hicieron los honores. Como yo era el menor y por consiguiente el más propenso a enfermarse si no recibía una dosis de calor en el cuerpo, tomé la botella, posé mis labios rotos, pueriles y dolorosos en su boca y bebí. Poco a poco, a medida que el vital líquido bañaba mis entrañas, recuperé fuerzas y ánimo. Era como magia inusitada, revitalizante. Es muy probable que mis mejillas inocentes se sonrojaran al entrar en calor, supe que algo había cambiado en mi semblante por las miradas complacientes y traviesas de mis acompañantes.
Después de esa experiencia, todo fue gozo. La bajada del cerro nos tomó la mitad del tiempo que invertimos en subir. Montamos con plásticos unos remedos de tiendas para pasar la noche, mojados, cansados, estúpidamente perdidos en la oscuridad más intensa que haya vivido y oliéndonos unos a otros. Escuchando sonidos inimaginables a lo lejos, buscando el calor ausente en un plato de mole de olla que jamás he vuelto a probar, una taza de café y pan dulce.
Una noche para no dormir, perfecta para contar historias al ritmo de las gotas de lluvia que caían incesantes en nuestro techo improvisado. Y el frío. El frío que se nos pegó desde temprana hora y jamás nos abandonó.
Dos días después ingresé a la secundaria.
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